viernes, marzo 20, 2015

No quiero nada mentirosos

La mentira, otra forma naturalizada de violencia 


Por Berna Iskandar Instagram @conocemimundo


La verdad cura. La mentira mata. Y esto no es sólo aplicable a la psicología, sino a todos los ámbitos de la existencia. José Luis Cano Gil Las relaciones humanas, desde las más íntimas y personales hasta las grupales o sociales suelen desplegarse en medio de engaños, secretos y mentiras. 


Mentir se ha constituido en un recurso o mecanismo común y naturalizado socialmente para controlar o dominar al otro, o a los otros. Cuando ocultamos, tergiversamos, maquillamos la realidad a nuestra conveniencia para lograr un beneficio personal en detrimento de los demás, estamos abusando. Y esta es una práctica sistemática, sobre todo cuando de controlar a los niños se trata. 


Crecemos internalizando un orden basado sobre la dominación, el control, la manipulación y el abuso a los demás a través del engaño. 

Este orden de manipulación y de mentiras provoca estragos, personales y sociales… Uno de ellos, la neurosis, que como bien advierte el psicólogo José Luis Cano Gil, es fruto de la falsedad permanente, siendo que “la negación, el encubrimiento, la hipocresía, la contradicción, el silencio... atormentan y enloquecen a las personas.” 


La verdad, en cambio, nos pone sobre el control de la toma de decisiones conscientes ante lo que acontece. La verdad alivia, nos libera.


 Laura Gutman, explica que cuando la realidad ha sido permanentemente falsificada, se mina la inteligencia y la capacidad de lograr una percepción certera de los hechos... 


Seamos niños o adultos, la verdad se intuye, se percibe. Cuando aquello que nos pasa no condice con el relato de un otro que tiene el poder de controlar la información y que ejerce influencia sobre nuestra psique, aprendemos a vivir en la confusión, desconectados con la realidad... 

Siendo moneda corriente a lo largo de la vida, no es casual que nos encontremos inmersos en sociedades sobre-adaptadas al orden patológico de la mentira y sus estragos.


 Los niños merecen que les digamos siempre la verdad con lenguaje sencillo adecuado a su edad y evitando detalles angustiantes. 


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