lunes, mayo 11, 2015

La culpa de la mamá que trabaja

La columna de hoy va dedicada especialmente a mis queridas lectoras de Publimetro que son mamás y que trabajan fuera de casa, las cuales en su gran mayoría sienten culpa. Casi 68% de las mujeres que laboran son madres y de ellas 30% son el sostén exclusivo de su hogar. El papel de la mujer ya no es sinónimo de ser solamente madres, cuando menos no en exclusiva; ya son muchas cosas a la vez.

¿Por qué surge la culpa? Debido a que la relación se construye con base en las expectativas de la mamá. Se sienten o no culpables a partir de lo que creen que debería ser la relación con el hijo. Deben educar de acuerdo a las necesidades del niño y no de las expectativas de ustedes. No olvidemos que la mujer ya existía antes que el niño, entonces es éste el que debería adaptarse a ella.

La culpa nos separa de los animales, te alerta, te humaniza; es un regulador de tu conducta, te señala que hay algo que estás haciendo mal, pero es indispensable dejar de sentirla, ya que ésta es una de las emociones más destructivas.

Racionaliza, entiende la emoción y revisa cuál es el botón rojo que enciendes para activarla. Identifica las necesidades de tus hijos, las necesidades reales, no tus expectativas, y mientras hagas el esfuerzo por satisfacerlas no debe haber espacio a la culpa.

Si juegas con las expectativas de la sociedad, la culpa a futuro será mayor. Enfócate en las necesidades de tus hijos y date cuenta cómo están resueltas, en gran medida, gracias a tu trabajo: alimentación, vacunas, pañales, ropa, un espacio para dormir, diversión, vacaciones, etcétera.

Ahora puedes ver las cosas de otra manera y darle a tus hijos algo también fundamental: tiempo de calidad y no cantidad de tiempo, como muchas madres que no trabajan fuera de casa lo dan; la mayoría de las veces vacío o escaso nivel de calidad.


¿Cómo disipar esta culpa?

1. Pon por escrito las razones por las que trabajas. “Quiero cambiar mi coche”, “no me gusta quedarme en la casa”, “necesito ganar dinero para mantener a mi familia”, “me gusta trabajar”, “me gusta relacionarme con personas ajenas a mi familia”, “deseo darle un  ejemplo a mis hijos de trabajo y esfuerzo”, “quiero ser independiente”, “no quiero frenar mi carrera” etcétera. Dedica el tiempo suficiente a escribir esto, para que ordenadamente te des cuenta de lo que está pasando, con una plena conciencia de la realidad; y lo más importante: ten este inventario a la mano para acudir a él cada vez que la culpa te asalte.


2. Enlista a lo que que renunciarás por tu trabajo. Al igual que en el punto anterior realiza un listado consciente de lo que dejas a un lado al trabajar y el costo emocional de esto. Obvio encontrarás cosas que te importan, pero recuerda que el que “no arriesga, no gana”. Revísalo y date cuenta de que las cosas negativas no serán tantas ni en calidad ni en cantidad como las positivas de lo que ganarás al sentirte independiente y productiva. 


3. No hagas caso de las opiniones de otros. Más aún de los que alimentan tu culpa. Ellos, casi siempre, serán personas de generaciones anteriores que no pueden ni quieren entender el nuevo papel de la mujer en la sociedad y en la vida productiva fuera de casa. No pierdas de vista que mucha gente es resistente al cambio y que prefiere quedarse en una “zona de confort”.


4. Las decisiones que tomamos hoy pueden cambiar mañana. Piensa que si hoy decides trabajar y pasando el tiempo te das cuenta que tu misión está en tu casa junto a los hijos, puedes dar marcha atrás y regresar a ella. Lo que sí te sugiero es que no dejes pasar una oportunidad laboral que pueda funcionarte. No hay peor sentimiento que el “si yo hubiera”.

Lo más importante, no eres la única ni estás sola en este gran reto. Si muchas mujeres lo han podido hacer y bien, no tienes por qué ser la excepción.

¡Piensa, reflexiona y actúa!


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